Desaparecer

“Si te esfuerzas puedes desaparecer,
si te esfuerzas puedes desaparecer…”

Los Planetas “Desaparecer”

Desaparecer, no dejar rastro, solo un par de recuerdos y alguna anécdota, pero nada más, no debe ser fácil. Porque no hablamos de desaparecer como hacen los magos tras una capa brillante o una nube de humo, ayudados por alguna distracción o ilusión óptica. Hablamos de desaparecer de verdad, que nadie pueda encontrarnos y que las pistas que conducen a nosotros sean tan crípticas o escasas que quien quiera hacerlo se pierda a mitad de camino o desista en la primera encrucijada, ante la duda de haber tomado el camino incorrecto y quedar perdido para siempre.

Excepto que sea de forma violenta, desaparecer requiere una intención, un deseo. Supongamos que Manuel lo hizo de forma deliberada, con el propósito de no ser encontrado nunca, de desvanecerse. En un ejercicio de liberación, de huida y escape. La elección entre la levedad y el peso, donde él eligió la primera sin dudar. Para lograrlo, rompió todas las conexiones, borró sus huellas y, en su huida, detonó los puentes que le unían a la memoria, al recuerdo.

Otra manera de desaparecer, con ese grado de perfección, es la desidia, la falta de interés o de objetivos, que de forma paulatina van ocultándote del mundo como una neblina, que al principio es pintoresca y al final termina en naufragio. Para que la desidia pueda obrar una desaparición así deben darse una serie de coincidencias y sincronías altamente improbables, como un plan perfecto urdido por el azar y que nos encaja como un guante. Sea voluntaria o por desidia, estamos en el mismo punto, ¿quién fue Manuel, dónde estuvo y por qué eligió la levedad?

No sé cómo buscar a alguien, nunca lo he hecho, más allá de algún amigo o conocido en redes sociales, pero en el mundo analógico no tengo experiencia. Creo que es una clara muestra de cómo Internet ha incapacitado cualquier habilidad práctica a los de mi generación, desde colgar unas cortinas a encontrar encontrar algo o alguien fuera de la red… Ante un posible cataclismo solo tengo capacidad para buscar en Google: “Qué hacer en caso de cataclismo”, compartirlo por Whatsapp y esperar que Internet no se caiga o me quede sin datos.

Por instinto, y por el cine que he visto, sé cuáles son los primeros pasos a seguir para buscar a alguien. Si esto fuera un Western, cabalgaría durante horas y preguntaría a todo aquel que se cruzara en mi camino: “¿Conoce a Manuel Campón Bautista? ¿Manolo? De España, no muy alto y con acento sureño”. Todos me responderían que no y seguirían su camino, actuando bajo la ley del silencio que rige en esta zona. Uno nunca sabe si será el siguiente en ser buscado. Habrá unos cuantos qué preguntarán por qué lo busco, si hay recompensa y si tengo alguna pista. Esos son los peores, buscadores como yo. Desconfiad de ellos. Cada tantos kilómetros me toparía con algún pequeño pueblo: Alpen, Flüren, Loikum… Allí entraría en el oscuro Saloon y repetiría las mismas preguntas, lo que provocaría algunos conflictos con los parroquianos. No les gustan demasiado los extraños y menos aún los que hacen preguntas. Tras resolver nuestras diferencias a puño limpio o, en el peor de los casos, desenfundando el revólver, volvería a ensillar mi caballo y continuaría mi camino mientras el sol se oculta en el horizonte.

Hamminkeln, Cielo, Himmel
Hamminkeln

Antes de calzarme las espuelas y ensillar a mi caballo, voy a seguir el paso básico en cualquier investigación: Reunir toda la información sobre la persona que se quiere encontrar. Así que nada mejor que empezar por el principio.

Manuel nació el 15 de marzo de 1931 en Utrera, un pueblo de la provincia de Sevilla, conocido por, entre otras cosas, ser una de las cunas históricas del flamenco. Hijo de José, capataz de una hacienda, y de Dolores, que tuvo en casa una panadería y cuyo nombre heredó mi madre. De joven, mi bisabuelo José fue además Guardia Real de Alfonso XIII, rey, que como todo buen Borbón, llenó de trampas y tropelías su reinado hasta que tuvo que exiliarse en 1931 ante la proclamación de la Segunda República. Según contaba mi abuela, su padre había alcanzado ese cargo por ser alto, rubio y bien parecido, recalcando que esas características eran algo excepcional en Andalucía en la década de los veinte.

Guardia Real Alfonso XIII
Guardia Real de S. M. el Rey Alfonso XIII

Siempre que alguien de la familia me cuenta esta historia, cita como testimonio una foto de mi bisabuelo vestido con el uniforme de la Guardia Real. Hasta yo sé describir los detalles menores de esa foto: el gesto de José de orgullo por el uniforme e incomodidad ante la cámara, la forma de los botones y las hombreras, la posición de sus manos y hacía donde dirigía la mirada… Pero la realidad es que no sé si alguna vez he visto esa foto o si solo la he imaginado a partir de lo que me han contado sobre ella. Por más que la he buscado, nunca he conseguido dar con ella. Así que me gusta pensar que esa imagen es un tesoro familiar, algo compartido solo por nosotros, entre soñada e imaginada, grabada en nuestro subconsciente a fuerza de describirla, en un delirio colectivo propio de una aparición mariana.

Manuel fue el tercero de cuatro hijos y el único varón. Tras Juana, la mayor e hija de un matrimonio anterior del que mi bisabuelo enviudó, Luisa y mi abuela María de la Paz, dos años menor que él. De la vida de Manuel en Utrera no tengo apenas pistas, ni su infancia, ni adolescencia, ni si estudió o desempeñó algún oficio. Apenas quedan testigos de esos días y los que quedan tienen la memoria difusa. Ante la falta de otros datos, aprovecho para aclarar que, aunque mi tío abuelo se llamaba Manuel, toda su vida fue conocido como Manolito, un diminutivo de Manolo que se deriva de Manuel. Por un momento me siento como en esas novelas rusas del siglo XIX donde un mismo personaje tiene tal cantidad de nombres y apelativos que acabamos pensando que son varios.

Manuel y María de la Paz

La ausencia de pistas se mantiene hasta que llegamos al punto de giro que necesita toda buena historia, Manuel decide en los años sesenta emprender la aventura en Alemania como tantos otros emigrantes. La fecha exacta es difícil de precisar, tanto mi tía como mi madre coinciden en que eran muy pequeñas. Mi madre recuerda en especial el primer regalo que les trajo su tío Manolito de Alemania: un juego de tazas de Mickey Mouse que fue la envidia del vecindario. Mi madre nació en el 60 por lo que podemos deducir que Manuel se marchó entre 1966 y 1968. A partir de aquí empiezan las incógnitas, los datos difusos y la aventura en Niederrhein.

Durante las últimas semanas he preguntado a mi familia sobre recuerdos, anécdotas, cualquier cosa que recuerden de mi tío abuelo, pero las respuestas han sido escuetas cuando no silencio. Mi madre me cuenta que era un hombre amable, educado y detallista, que siempre que volvía de visita a Sevilla traía regalos, cosas de calidad y difíciles de encontrar en la España de la época. También que siempre le gustaba ir en traje, buenos trajes, de esos gruesos de paño tweed, que evocan, de forma inequívoca, a décadas pasadas, si no fuera porque la moda, como la tragedia, es cíclica y ahora esa prenda es tendencia entre hipsters.

¿Cómo era? ¿Qué recuerdas de él? Sigo preguntando, pero por desgracia los que más lo conocían ya están muertos, y los que lo conocieron y me pueden hablar de él lo recuerdan de forma superficial, como una película que vieron hace tiempo y cuyo argumento casi no recuerdan, confundiendo a los actores que la protagonizaron. Una fábrica de cristal, un matrimonio fallido, tocó el acordeón en una banda, un concierto en Rusia… Son las escasas pistas que tengo, acompañadas de un par de fotos, fruto de un duro trabajo de arqueología en los álbumes familiares por parte de mis tías. Seguiré interrogando a mis familiares porque una parte de la memoria funciona por asociación. Así que si encuentro algo sobre Manuel aquí, despertará algún recuerdo allí y de ese modo poder seguir con una investigación de ida y vuelta.

A diferencia de mi tío abuelo, aunque es tentador, yo no quiero desaparecer, no quiero elegir la levedad, que mi familia me olvide o me pierda la pista. Por ejemplo, que mis sobrinas, pasados los años, no me reconozcan o termine siendo un total desconocido como llegó a ser Manuel para mi madre y sus hermanas. Quizá de eso va esta historia, de evitar que eso ocurra, de construir una memoria familiar, recuperando pistas, recuerdos, historias. Sembrando el camino de migajas de pan para que cuando alguien esté perdido, como lo estoy yo en esta búsqueda, pueda encontrar el camino de vuelta.

Ensillo mi caballo y lo dirijo adónde se está poniendo el sol. Según John Ford, lo más importante en un Western es situar la línea del horizonte en su punto exacto, arriba o abajo, según requiera la historia y los personajes, pero nunca en el centro. De eso dependerá si la historia es buena o no. Aquí en Niederrhein no hay problema con el horizonte, mire adonde mire, y sin apenas esfuerzo, lo encuentro: vasto, inalcanzable, retándome a seguirlo. Aún está por ver cómo es mi historia y la de Manuel, pero tengo claro que la línea del horizonte no estará nunca en el centro.

Hamminkeln, Cielo, Himmel
Atardecer Hamminkel

En español horizonte es sinónimo de límite y frontera, también de perspectiva y futuro.

Text auf Deutsch: https://stadt-land-text.de/2022/04/03/verschwinden/

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Verschwinden

“Si te esfuerzas puedes desaparecer,
si te esfuerzas puedes desaparecer…”

(„Wenn du dich anstrengst, kannst du verschwinden”)

Los Planetas “Desaparecer”

Zu verschwinden, keine Spuren zu hinterlassen, nur ein paar Erinnerungen und die eine oder andere Anekdote, aber sonst nichts, das kann nicht einfach sein. Denn wir sprechen hier nicht davon, wie ein Zauberer mithilfe einer Ablenkung oder einer optischen Täuschung hinter einem glänzenden Umhang oder in einer Rauchwolke zu verschwinden. Es geht hier um richtiges Verschwinden, sodass einen niemand mehr finden kann. Bei so kryptischen und spärlichen Hinweisen verirrt sich jeder Suchende auf halbem Weg oder gibt bei der ersten Kreuzung auf und muss der Tatsache ins Auge sehen, dass er vielleicht den falschen Weg eingeschlagen hat und für immer verloren sein könnte.

Sofern es nicht gewaltsam passiert, erfordert das Verschwinden eine Absicht, einen Wunsch. Nehmen wir an, dass Manuel absichtlich verschwunden ist und nie gefunden werden wollte, einfach abhandenkommen wollte, um zu fliehen, zu entkommen, frei zu sein. Eine Entscheidung zwischen leicht und schwer, bei der er sich – ohne zu zögern – für Ersteres entschieden hat. Um das zu erreichen, hat er alle Verbindungen abgebrochen, alle Spuren verwischt, bei seiner Flucht alle Brücken hinter sich gesprengt, die zwischen ihm und der Erinnerung lagen, zwischen ihm und der Vergangenheit.

Ein anderer Weg, derart perfekt zu verschwinden, ist durch Nachlässigkeit, Desinteresse oder fehlende Ziele, die einen allmählich vor der Welt verstecken, wie ein zunächst malerischer Nebel, der am Ende zu einem Schiffbruch führt. Damit Nachlässigkeit zu so einem perfekten Verschwinden führen kann, braucht es ein paar höchst unwahrscheinliche Zufälle und Synchronismen, wie ein durch blinden Zufall perfekt ausgeheckter Plan, der wie die Faust aufs Auge passt. Aber ob er freiwillig oder aus Nachlässigkeit verschwunden ist, bringt uns hier auch nicht weiter. Wer war Manuel, wo war er und warum hat er sich für den leichten Weg entschieden?

Ich weiß nicht, wie man jemanden sucht, ich habe es noch nie getan, höchstens mal einen Freund oder Bekannten in den sozialen Netzwerken, aber in der analogen Welt habe ich damit keine Erfahrung. Ich denke, es zeigt klar und deutlich, dass das Internet meine Generation jeder praktischen Fähigkeit beraubt hat, wir können weder Vorhänge aufhängen noch jemanden abseits des Internets aufspüren … Aber angesichts einer möglichen Katastrophe bleibt mir nichts anderes übrig, als zu googeln: „Was tun im Falle einer Katastrophe“; es auf WhatsApp zu teilen und zu hoffen, dass das Internet nicht zusammenbricht oder mir die mobilen Daten nicht ausgehen.

Aus Instinkt und aus den Filmen, die ich gesehen habe, weiß ich, wie man bei der Suche nach jemandem vorgeht. Wenn dies ein Western wäre, würde ich stundenlang dahinreiten und jeden, der meinen Weg kreuzt, fragen: „Kennen Sie Manuel Campón Bautista? Manolo? Ein Spanier, nicht besonders groß, mit andalusischem Akzent?“ Sie würden alle Nein sagen und ihres Weges gehen, ganz die Schweigepflicht befolgend, die in dieser Gegend gilt. Man weiß nie, ob man nicht der Nächste sein könnte, nach dem gesucht wird. Einige werden sich fragen, warum ich nach ihm suche, ob es ein Kopfgeld gibt, ob ich irgendeine Spur habe. Das sind die Schlimmsten, Suchende wie ich. Nehmt euch vor ihnen ihn Acht. Alle paar Kilometer käme ich in irgendeinem kleinen Dorf vorbei: Alpen, Flüren, Loikum… Dort würde ich einen dunklen Saloon betreten und dieselben Fragen stellen. Sie würden zu ein paar Missverständnissen mit den Stammkunden führen. Fremde sind nicht besonders beliebt, vor allem nicht jene, die Fragen stellen. Nach der Beilegung unserer Differenzen mit der Faust oder schlimmstenfalls durch das Zücken des Revolvers, würde ich wieder mein Pferd satteln und meinen Weg fortsetzen, während die Sonne sich am Horizont versteckt.

Hamminkeln, Cielo, Himmel
Hamminkeln

Bevor ich meine Sporen anlege und mein Pferd sattle, tue ich, was man bei jeder Ermittlung als Erstes tut: Ich sammle alle Information über die Person, die gefunden werden soll. Also beginne ich am besten ganz am Anfang.

Manuel wurde am 15. März 1931 in Utrera geboren, einer Stadt in der Provinz Sevilla, die unter anderem als eine der Wiegen des Flamenco bekannt ist. Seine Eltern waren José, Vorarbeiter auf einer Farm, und Dolores, die zu Hause eine Bäckerei hatte und nach der meine Mutter benannt ist. Als junger Mann war mein Urgroßvater José auch in der Königlichen Garde von Alfonso dem XIII., einem König, dessen Herrschaft wie die aller guten Bourbonen von Mogeleien und Schandtaten geprägt war, bis er 1931 beim Ausruf der Zweiten Republik ins Exil gehen musste. Wie meine Großmutter erzählte, hatte ihr Vater es so weit gebracht, weil er groß, blond und gut aussehend war, und sie betonte, dass diese Eigenschaften im Andalusien der 1920er-Jahre etwas ganz Besonderes waren.

Guardia Real Alfonso XIII
Königlichen Garde von Alfonso dem XIII.

Wann immer mir jemand in der Familie diese Geschichte erzählt, wird zum Beweis auf ein Foto meines Urgroßvaters in der Uniform der Königlichen Garde verwiesen. Sogar ich kann dieses Bild bis ins kleinste Detail beschreiben: Josés stolze Körperhaltung in der Uniform, das Unbehagen vor der Kamera, die Knöpfe und Schulterpolster, die Position der Hände, wohin sein Blick gerichtet ist … Aber ehrlich gesagt weiß ich gar nicht, ob ich dieses Foto jemals gesehen habe oder es mir, basierend auf den Erzählungen darüber, nur so vorstelle. Egal wie angestrengt ich danach gesucht habe, ich konnte es nicht wiederfinden. Also stelle ich mir gerne vor, dass dieses Bild ein Familienschatz ist, den wir miteinander teilen, irgendwo zwischen Traum und Einbildung, durch Beschreibungen in unser Unterbewusstsein eingraviert, in einem kollektiven Delirium, wie man es sonst nur von Marienerscheinungen kennt.

Manuel war das dritte von vier Kindern und der einzige Junge, nach Juana, der Ältesten, Tochter aus einer vorherigen Ehe, die meinen Urgroßvater zum Witwer gemacht hat, Luisa, und meiner Großmutter María de la Paz, die zwei Jahre jünger war als er. Über Manuels Leben in Utrera weiß ich nicht viel, weder über seine Kindheit noch die Jugendjahre noch ob er studiert hat oder einen bestimmten Beruf ausgeübt hat. Es gibt kaum Zeitzeugen und die, die noch da sind, haben eine lückenhafte Erinnerung. Da ich mich auf sonst nichts stützen kann, nutze ich die Gelegenheit und erzähle erst mal, dass mein Großonkel zwar Manuel hieß, sein ganzes Leben aber Manolito genannt wurde, eine Verniedlichung von Manolo, was sich von Manuel ableitet. Für einen Moment fühle ich mich wie in diesen russischen Romanen des 19. Jahrhunderts, wo ein und dieselbe Figur so viele Namen und Spitznamen hat, dass wir am Ende denken, es handle sich um viele verschiedene Personen.

Manuel und María de la Paz

Uns fehlt weiterhin jede Spur, bis wir den Wendepunkt erreichen, den jede gute Geschichte braucht. In den 1960er-Jahren beschließt Manuel, sich wie so viele andere Gastarbeiter auf ein Abenteuer in Deutschland einzulassen. Der genaue Zeitpunkt lässt sich schwer sagen, sowohl meine Tante als auch meine Mutter sind sich einig, dass sie noch sehr jung waren. Meine Mutter erinnert sich besonders an das erste Geschenk, das ihnen ihr Onkel Manolito aus Deutschland mitgebracht hat: ein Set Mickey-Mouse-Tassen, für die sie die ganze Nachbarschaft beneidet hat. Meine Mutter wurde 1960 geboren, also können wir davon ausgehen, dass Manuel irgendwann zwischen 1966 und 1968 weggegangen ist. Doch von diesem Zeitpunkt an beginnen die Unbekannten, die unklaren Daten und das Abenteuer am Niederrhein.

Im Laufe der vergangenen Wochen habe ich meine Familie nach Erinnerungen und Anekdoten gefragt, nach allem, was sie über meinen Großonkel wissen, aber die Antworten waren kurz, wenn überhaupt welche kamen. Meine Mutter erzählt mir, dass er ein freundlicher, höflicher und aufmerksamer Mann war, dass er bei jedem Besuch in Sevilla Geschenke mitgebracht hat, hochwertige Dinge, die damals in Spanien schwer zu bekommen waren. Auch, dass er gerne Anzüge getragen hat, gute Anzüge, diese dicken Tweed-Anzüge, die unverkennbar an vergangene Zeiten erinnern, wäre da nicht die Tatsache, dass die Mode wie die Tragödie zyklisch ist und solche Anzüge mittlerweile bei Hipstern wieder modern sind.

Wie war er so? Was weißt du noch über ihn? Ich frage immer wieder, aber diejenigen, die ihn am besten kannten, sind leider schon tot und diejenigen, die ihn kannten und mir von ihm erzählen können, erinnern sich nur oberflächlich, wie an einen Film, den sie vor langer Zeit gesehen haben, an dessen Handlung sie sich kaum erinnern und dessen Hauptdarsteller sie durcheinanderbringen. Eine Glasfabrik, eine gescheiterte Ehe, er spielte Akkordeon in einer Band, ein Konzert in Russland… Das sind die wenigen Hinweise, die ich habe, zusammen mit ein paar Fotos, die das Ergebnis harter archäologischer Arbeit in den Familienalben meiner Tanten sind. Ich werde weiterhin meine Verwandten befragen, denn ein Teil des Gedächtnisses arbeitet assoziativ. Wenn ich also hier etwas über Manuel finde, wird es dort weitere Erinnerungen wecken, und so kann ich dann durch ein Hin und Zurück mit den Nachforschungen weitermachen.

So verlockend es ist, will ich im Gegensatz zu meinem Großonkel nicht verschwinden, ich will nicht den leichten Weg wählen, will nicht von meiner Familie vergessen oder aus den Augen verloren werden. Ich will zum Beispiel nicht, dass meine Nichten mich nach ein paar Jahren nicht mehr wiedererkennen und ich in ihren Augen ein Fremder werde, so wie Manuel es für meine Mutter und ihre Schwestern geworden ist. Vielleicht ist es das, worum es in dieser Geschichte geht: so etwas zu verhindern, eine Familiengeschichte aufzubauen, Hinweise, Erinnerungen und Geschichten zu sammeln. Brotkrümel zu streuen, damit jemand, der – so wie ich auf dieser Suche – den Weg nicht weiß, auch wieder zurückfindet.

Ich sattle mein Pferd und lenke es dahin, wo gerade die Sonne untergeht. Laut John Ford ist das Wichtigste in einem Western, die Horizontlinie genau festzulegen, mal etwas höher oder tiefer, je nach dem, was die Geschichte und die Figuren verlangen, aber niemals in der Mitte. Davon hängt ab, ob die Geschichte gut ist oder nicht. Hier am Niederrhein gibt es keine Probleme mit dem Horizont. Wohin man auch schaut, sieht man ihn schon ohne viel Mühe: weit und unerreichbar; er fordert mich heraus, ihm zu folgen. Es bleibt abzuwarten, wie meine und Manuels Geschichte weitergeht, aber für mich ist klar, dass die Horizontlinie niemals in der Mitte liegen wird.

Sonnenuntergang am Niederrhein

Im Spanischen wird das Wort horizonte synonym für Limit und Grenze verwendet, auch in Bezug auf Perspektiven und die Zukunft.

Texto en español: https://stadt-land-text.de/2022/04/03/desaparecer/

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